Hablar de principios en política suele acabar chocando con una broma que funciona como antídoto contra la solemnidad. En su artículo “Estos son mis principios”, el periodista Jesús Amilibia recurre a Groucho Marx para plantear, con ironía, un dilema concreto: cómo encajan PP y Vox en plena conversación sobre pactos y límites. El foco, según el texto, está puesto en Castilla y León y en una discusión que, por definición, no admite respuestas fáciles.

Amilibia parte de varios titulares que, de acuerdo con su lectura, se pisan entre sí y revelan una tensión de fondo. Por un lado, escribe: “Feijóo prepara ya a Castilla y León para pactar con Vox sin perder principios”, y añade otra idea atribuida en ese mismo marco: que el PP “no hará un sanchismo de derechas sino lo opuesto”. Por otro, sitúa a Vox tensando la cuerda con una frase que, según el artículo, resume su postura: “no han nacido para dejar que otros gobiernen”. En ese cruce de mensajes, el texto plantea la pregunta: ¿cómo se pacta cuando cada parte se presenta como guardiana de su propio marco moral?

“Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”.

La frase de Groucho Marx, recuerda Amilibia, aparece como “amenaza de la gran coña” cada vez que alguien intenta definir principios sin matices. El artículo sugiere que la broma no solo ridiculiza: también describe algo real, que los principios pueden ser “volubles, porosos y esclavos de las circunstancias”. Con esa premisa, la discusión sobre pactos deja de ser técnica y pasa a ser ética, o al menos retórica, porque nadie quiere quedar como el que “cambia” de principios. Y en una negociación, el margen se mide precisamente en cuánto se cede sin admitirlo.

El nudo del artículo: pactar sin “pecar”

El texto formula el conflicto con una imagen casi religiosa: si el PP “no quiere perder principios en ningún pacto” y si Vox “no han nacido para que gobiernen otros”, entonces —plantea Amilibia— habrá que ver “cómo van a confrontar sus respectivos diez mandamientos”. La pregunta no es solo por el acuerdo, sino por los “huecos” que encuentren para encajar “éticamente” sin “pecar” ni “faltar a nadie”. En esa formulación, el pacto aparece menos como un documento y más como un ejercicio de ingeniería moral.

Para ilustrar la flexibilidad, el autor introduce una anécdota de Moisés y las tablas de la ley: “Estos son los quince mandamientos que…”, dice, antes de que se le caiga una tabla y rectifique rápido: “Bueno, estos son los diez…”. Amilibia la presenta como “ejemplo de flexibilidad y adaptación a las circunstancias”. En esa clave, la idea de “principios” queda menos blindada de lo que a veces se pretende en los titulares, y más expuesta al terreno de lo posible.

Tres frases que ordenan el debate

  • La idea de que Feijóo “prepara” a Castilla y León para pactar con Vox “sin perder principios”, según los titulares citados por el autor.

  • La postura de Vox descrita como una tensión: “no han nacido para dejar que otros gobiernen”.

  • El aviso de Feijóo a Vox de que “no renunciará a sus principios”, tal como recoge el artículo.

  • El telón de fondo irónico: la frase de Groucho Marx que convierte los “principios” en un terreno resbaladizo.

A partir de ahí, Amilibia introduce otra cita de Groucho sobre los políticos: la tendencia “al arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. La frase funciona como comentario general, no como acusación concreta, pero en el artículo aparece como una advertencia sobre el desenlace de las maniobras. Si el punto de partida es la rigidez y el resultado termina siendo un acuerdo, la sospecha de incoherencia siempre ronda. Y si el punto de partida es la tensión, el riesgo es que se agrande el conflicto antes de cerrarlo.

Simulación, cultura pop y “misterios” para hablar de pactos

El artículo se permite un giro más especulativo: menciona que “algunos científicos empiezan a considerar, en serio, que el mundo puede ser una simulación” al estilo de Matrix o El show de Truman. Desde esa hipótesis cultural, lanza una pregunta: si el mundo fuera una simulación, “¿los principios son también artificio?”. El interrogante no busca demostrar nada, sino sugerir que muchas declaraciones políticas pueden leerse como guion, puesta en escena o estrategia.

En la misma línea metafórica, Amilibia compara los pactos entre PP y Vox con los “misterios eleusinos, ritos de iniciación secretos y sagrados” de la antigua Grecia que prometían una existencia en el “Más Allá”. La comparación vuelve a subrayar una idea: los pactos suelen tener una parte pública y otra opaca, lo que alimenta interpretaciones y desconfianzas. En ese marco, el acuerdo se parece menos a una suma transparente de compromisos y más a un proceso en el que se guardan claves y condiciones.

Qué queda abierto: el “Más Acá” y la pregunta final

Hacia el final, el autor baja de lo mitológico a lo práctico y habla de un “acuerdo posibilista y fructífero” en el “Más Acá”. Y deja una pregunta sin responder: “¿tendría que mediar Zapatero?”. El artículo no aporta más contexto sobre esa mención, ni detalla un rol concreto, por lo que queda como remate retórico. En cualquier caso, el cierre refuerza el tono del texto: la política, sugiere Amilibia, mezcla convicciones declaradas con necesidad de pactar y un grado inevitable de adaptación.

  1. Primero, aparecen titulares —citados por el autor— que sitúan a Feijóo y al PP preparando el terreno para pactar “sin perder principios” en Castilla y León.

  2. Después, el texto contrapone la posición atribuida a Vox —no querer quedarse fuera del gobierno— y el aviso de mantener “principios”.

  3. Finalmente, Amilibia recurre a metáforas (Matrix, El show de Truman y los “misterios eleusinos”) para subrayar que los pactos pueden tener una dimensión de relato y de secreto.

Más allá de la ironía, el texto deja una idea reconocible: cuando dos fuerzas políticas reivindican principios como frontera, el pacto no se vuelve imposible, pero sí más difícil de narrar sin costes. Amilibia no detalla medidas, plazos ni condiciones concretas de negociación, sino que trabaja en el plano del lenguaje y la coherencia. En ese plano, la pregunta por el “encaje” se vuelve central: no solo qué se acuerda, sino cómo se justifica. Y ahí es donde la sombra de Groucho Marx vuelve a aparecer como recordatorio incómodo.